Llevamos varios años hablando de la “automatización” y de la “robotización” del trabajo, de un futuro post-laboral en el que las máquinas habrán sustituido tal cantidad de puestos que el pleno empleo será una quimera irrealizable, una aspiración irreal por la fuerza de la aritmética.

La mayor parte de los debates sobre la “automatización” y sobre la renta básica, los ingresos asegurados para los trabajadores desplazados por los robots del mañana, se centran en el “qué pasará”. Cómo será el mundo cuando las máquinas ya nos hayan sustituido, cuando la eficiencia técnica se haya impuesto a la imperfección humana.

Pero lo cierto es que no es necesario mirar al mañana para conocer de primera mano las consecuencias de la automatización. Tenemos ejemplos de primera mano, no sólo remotos, sino también recientes. Quizá el mejor ejemplo sea el de la industria de la extracción de petróleo en Estados Unidos. Y quizá el mejor modo de analizarlo sea a través de un simple pero demoledor gráfico.

 

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La línea roja representa el número de empleos generados por la industria de petróleo. La verde, el número de pozos petrolíferos activos.

¿Qué revela la imagen? Durante aproximadamente un año, entre mayo de 2015 y mayo de 2016, la industria había ajustado sus números. Los bajos precios del petróleo, destinados a dinamitar las extracciones de fracking que tanto daño estaban haciendo a los pozos tradicionales, habían disminuido tanto el número de explotaciones como, lógico, el número de trabajadores destinados a ellas. Pero al descenso era equitativo: a menos pozos, menos trabajadores.

Una lógica tradicional del reparto del trabajo podía prever que, de forma inversa, a más pozos, más trabajadores. Pero no.

A partir de mayo de 2016 el número de pozos activos vuelve a crecer, hasta el punto de colocarse en los niveles de octubre de 2015. Sin embargo, el volumen de empelados no sólo no se recupera, sino que sigue en descenso. Hay una brecha evidente, un cambio de paradigma: desde junio de 2016, la industria del petróleo necesita sustancialmente centenares de miles de trabajadores menos para seguir produciendo en sus niveles de antaño.

¿Por qué? Como se explica en Basic Income, la respuesta está en la inversión en investigación y desarrollo. En tiempos de bonanza, y la industria petrolífera ha vivido muchos y muy frecuentes, no es necesario maximizar las inversiones: el dinero fluye, la competencia es escasa, los incentivos para mejorar la tecnología y el beneficio marginal son menores. Ahora bien, la pequeña crisis de los últimos dos-tres años provocó que el sector necesitara reajustarse. Producir lo mismo, o más, a un menor coste.

La solución fueron máquinas capaces de explotar un pozo de forma hipermecánica y semi-autónoma. Aparatos que empleaban a cinco trabajadores frente a los veinte de antaño. Y por tanto, la drástica caída en el volumen de empleos generados. Si en octubre de 2015 había más de 500.000 trabajadores para extraer X, en enero de 2017 se contaban apenas 170.000 para producir la misma cantidad. Una pérdida de 330.000empleos, muchos irrecuperables.

La actividad económica ha vuelto. Los empleos no. Y tan sólo en dos años.

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