Al menos de dicho, los sectores más desfavorecidos de la sociedad mexicana prefieren tener un empleo cuya remuneración sea suficiente para vivir de manera digna, a los programas sociales que les regalen compasiva y periódicamente alimentos o materiales de construcción (¿o será que no?)

Luego de la emergencia por los sismos, y marcado por las múltiples urgencias que agobian al Estado de México, el gobernador Alfredo Del Mazo Maza ha dado celeridad al inicio de las labores necesarias para cumplir las propuestas de campaña que lo comprometieron, entre otras cosas, a la creación de empleos y el fomento a la inversión (que incluía un programa de estímulos fiscales para empresas que empleen a jóvenes recién egresados, adultos mayores y madres solteras que sean jefas de familia).

Ahora ya en el cargo, en consecuencia, anunció ayer que “con competitividad y facilidades para empresas” se crearán en la entidad, durante su administración, un millón de empleos. Esto equivale a poco más de 456 cada día.

La realidad es que el gobierno no es el responsable y ni siquiera tiene las posibilidades de generar plazas laborales, como no sean del ámbito burocrático. Sus funciones en ese aspecto se limitan a crear las condiciones para que la iniciativa privada, nacional o extranjera, se establezca aquí, se desarrolle y ofrezca trabajo a la población.

Seguramente a eso se refería el gobernador, pues son importantes sus propuestas de atraer a empresas vanguardistas a través de la mejora de infraestructura logística y la desregulación y transparencia de procesos de apertura.

Pero como en muchos rubros, el mandatario tiene ante sí un reto descomunal. Mientras no haya empleos “de calidad”, bien pagados y con ciertas particularidades, no mejorará sustancialmente la situación de, por ejemplo, la informalidad laboral de 55.4 por ciento, (más que el 52.4 a nivel nacional)

El incómodo problema para lograrlo nos lo acaba de hacer estallar en el rostro el frecuentemente polémico Secretario del Trabajo federal, Alfonso Navarrete Prida, quien en el marco de las renegociaciones del TLC dijo que los bajos salarios en México se deben a que “hay trabajadores poco capacitados, con muy poca certificación de habilidades y con niveles de productividad bajos”. Traducción: Hay muchísimos ineptos y ganan lo que merecen (así sean jóvenes, adultos mayores, madres solteras…)

Hay que decir que esto, en la mayoría de los casos, no es culpa solo del trabajador. Sucede que estamos en un histórico círculo vicioso que va de la pobreza que impide enfocarse a una mejor preparación académica (particularmente del ámbito científico-tecnológico), al empleo mal pagado, que luego naturalmente impedirá que el trabajador brinde a sus hijos la posibilidad de prepararse para la vida laboral, sea como empleado o como emprendedor… y seguirán pobres.

Una tenue luz de solución, nada fácil, está a la vista: a los planes para hacer atractivo nuestro territorio para las empresas hay que agregarle un programa amplio de promoción, acceso y apoyo económico a la capacitación y alta educación especializada, efectiva, que supere la demagogia eruvielista de regalar becas sin ton ni son hasta a los “niños escoltas de la bandera”, porque entre ese barril sin fondo y el de repartir despensas y láminas a los pobres, no hay mucha diferencia.

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