El trato que damos a nuestros mayores ha sido, cada vez más, motivo de mala conciencia. En una sociedad acelerada, no se les respeta como ancianos y sabios, sino que se los abandona como no pertenecientes al tiempo presente y se los relega en su debilidad, encerrados en residencias y apartados de la vida social. De hecho, el coronavirus nos proporciona una justificación para este abandono. Al no visitarlos, al mantener la distancia social, protegemos su vulnerabilidad, estamos haciendo una buena acción.

De este modo, se amplifica una tendencia de nuestras sociedades que viene de lejos; la distancia social y temporal se traduce en distancia física, se rompe la cadena entre generaciones, se profundiza la marginación y se aumenta el alejamiento. Pero romper el vínculo con el pasado nos lleva inevitablemente a romper también con el futuro. Si una sociedad necesita debatir cuál es su «deuda» moral o legal con las generaciones futuras, es que ya ha perdido la conciencia de la conexión que existe entre un pasado significativo y un futuro prometedor.

El hogar, el famoso dulce hogar, se convirtió en el espacio principal para gestionar una crisis de una escala planetaria sin precedentes. Pero el hogar reveló nuevas distinciones y líneas divisorias entre quienes estaban felizmente confinados en compañía y quienes se sentían amenazados o molestos por la presencia cercana de otro. También reveló la diferencia entre quienes tenían personas importantes o familia con las que aislarse, y aquellos que estaban confinados solos. Independientemente de las consecuencias que pueda tener la crisis, tendrán que ver con el que haya sido nuestro hogar durante estas insoportables semanas en las que hemos estado encerrados en casa, en un estado próximo al arresto domiciliario.

Muchos hogares ‒con la ayuda de la aglomeración urbana y la especulación‒ son demasiado pequeños y no están equipados para proporcionar a cada miembro de la familia la capacidad de actuar y vivir como las personas altamente individualizadas en que nos han convertido las sociedades contemporáneas (los baños se comparten con otros; los dormitorios están muy cerca unos de otros). Además, el hogar está estructurado implícitamente por la posibilidad de hombres y mujeres de llevar vidas separadas, es decir, de tener y seguir caminos diferentes durante el día. A esto hay que añadir el hecho de que los hombres que han perdido su trabajo se sienten mucho menos valiosos y pueden convertirse en una amenaza para sí mismos y para las mujeres que viven en la casa. Los récords de violencia contra las mujeres durante las epidemias es un recordatorio, si es que necesitábamos alguno, de que para mucha gente el hogar solo es habitable si se apoya en la presencia de un mundo exterior en el que los dos sexos pueden llevar vidas separadas y del cual puedan derivar su sensación de que son seres valiosos. Cuando se levantó el confinamiento de Hubei, se presentaron más solicitudes de divorcio que nunca. Esas personas habían descubierto que el hogar no era el sitio para los matrimonios; por lo menos, no el sitio exclusivo. Para ellas (y para muchas otras) el hogar, al fin y al cabo, no era tan dulce. Es probable que muchos descubran lo mismo cuando vuelvan a una vida casi normal.

Hay algo que no está bien en la severa imposición del confinamiento, y no solo en el sentido de que el Estado explota la epidemia para imponer un control total. Cada vez creo más que en todo esto interviene una especie de acto simbólico supersticioso. Como la verdad es que no sabemos bien cómo funciona todo esto, si hacemos un duro gesto de sacrificio que duela realmente y paralice nuestra vida social, tal vez podamos esperar piedad. Lo sorprendente es lo poco que parece que entendemos (científicos incluidos) cómo se comporta la epidemia. Con frecuencia recibimos advertencias contradictorias de las autoridades. Nos dan órdenes estrictas de que nos confinemos a fin de evitar la infección vírica, pero cuando los números de contagios bajan, surge el temor de que, así, lo único que conseguimos es volvernos más vulnerables durante la prevista segunda oleada de ataque del virus. Todas las esperanzas de una salida rápida (el calor del verano, la inmunidad de grupo, la vacuna…) se esfuman.

Hay algo que está claro: durante un confinamiento vivimos de las viejas reservas de alimentos y otras provisiones. Por ello, ahora la ardua tarea consiste en salir del encierro e inventar una nueva vida marcada por el virus. Deberíamos cambiar nuestro imaginario y dejar de esperar un gran pico bien definido tras el cual las cosas volverán a la normalidad. Ni siquiera acaba de aparecer la Catástrofe total, la situación se alarga más y más. Se nos informa de que hemos llegado al aplanamiento de la curva, luego todo va un poco mejor, pero… la crisis se alarga más y más. El deseo secreto de todos nosotros, y en lo que pensamos sin parar, es uno solo: ¿Cuándo se va a acabar? ¿Cuándo habrá pasado? Es razonable ver en la actual epidemia el anuncio de un nuevo periodo de problemas ecológicos.

En 2017, la BBC describió lo que posiblemente nos espere a consecuencia de nuestra manera de intervenir en la naturaleza: «El cambio climático está fundiendo el permafrost que llevaba miles de años helado, y a medida que los suelos se funden, liberan antiguos virus, los cuales, tras haber permanecido latentes, están resurgiendo a la vida».

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