Imagina que empiezas en una empresa que no te explica las condiciones del servicio que vas a prestar y luego te llevas una sorpresa. ¿Qué harías?

Si has sido estudiante universitario seguro que necesitaste ganar un dinero extra para cubrir tus gastos. Camarero, dependiente… a medida que aumenta el coste de la vida, los salarios se estancan y las becas se reducen, así que los jóvenes deciden sacarse las castañas del fuego trabajando de lo que sea.

Esta joven, que no ha querido revelar su identidad y a quien llamaremos Carmen para facilitar la lectura, decidió buscar trabajo para poder sobrevivir en su etapa de estudios. “Cuando estaba en la facultad, yo, como muchos estudiantes, tenía ganas de disfrutar, salir y tener un calendario social repleto de cosas, a la vez que no mucho dinero“, asegura a ‘Whimn’.

Desesperada por un poco de ‘cash’, revisó religiosamente los anuncios de trabajo en periódicos y portales online hasta que un día encontró algo que parecía extremadamente prometedor: “Masajista profesional“, decía el anuncio. “Gana mucho dinero, los horarios flexibles“, añadían.

Había hecho un curso de masaje durante unas vacaciones y siempre estaba dándoselos a amigos, así que estaba segura de poder hacer el trabajo. Además, la idea de ganar mucho dinero y tener flexibilidad horaria le parecía perfecta, así que decidió a llamar. “La gerente fue encantadora y me ilusioné mucho cuando me dijo de concertar una entrevista al día siguiente”, explica.

“No parecía uno de esos sitios”

“No soy tonta. Ya sé que hay salas de masajes y ‘salas de masajes’ (guiño guiño), así que me puse en guardia cuando llegué. Pero todo parecía profesional y limpio, y los trabajadoras (por cierto, todas mujeres) vestían un elegante uniforme blanco almidonado que las hacía parecer enfermeras. La entrevista fue bien. La encargada y yo compartimos nuestras vivencias y gustos por los paseos a caballo. Además, dijo que le gustaba mi tranquilidad y energía positiva“, comenta.

Aunque estaba bien después de su extraño debut laboral, decidió que el trabajo no era para ella

“Eres exactamente el tipo de terapeuta que necesitamos aquí”, añadió su ‘futura’ jefa. Así que consiguió el puesto y empezó al día siguiente. Se le pagaría después de cada turno y por cada cliente que masajeara.

El primer día

“Me presenté al día siguiente, me puse mi uniforme y conocí a algunas de las otras chicas en la sala de descanso, donde todas esperábamos hasta que nos llamara un cliente. No pasó mucho tiempo antes de que tuviera mi primer masaje. Todas las chicas sonrieron, me desearon suerte y entonces me dirigí hacia una de las salas de tratamiento”, explica.

Todo fue como debería durante mi primer encuentro. El cliente era un hombre de mediana edad que tenía buen aspecto, era limpio y educado. Estaba claro que era un habitual porque llamó a la recepcionista por su nombre. Usé presión media, según lo solicitado, y mantuve todo correctamente“, añade. Le dijo al hombre que había terminado y que lo dejaría un momento para cambiarse, pero antes de que tuviera oportunidad de irse, él se cambió de postura sobre la mesa de masajes exponiendo una enorme erección.

Termina conmigo, ¿podrías, por favor?”, dijo él. De ninguna manera era desagradable o agresivo, y como era un habitual, tuvo la sensación de que este era su tratamiento normal. No quiso montar una escena o avergonzarlo, así que después de dudar por un momento pensó: “Oh, qué diablos”. No pasó mucho hasta que el hombre tuvo lo que quería. Fue muy respetuoso y educado, como debe ser en esas circunstancias. Mantuvo sus manos sobre sí mismo y estuvo en silencio hasta que eyaculó.

Foto: iStock.

Al finalizar se secó con una toalla y se vistió rápidamente, le sonrió cálidamente y le dio las gracias antes de regresar a la recepción para pagar. Sin saber qué hacer, Carmen limpió la habitación y la preparó para el siguiente cliente. “No fue hasta que estuve sola en la sala, con el corazón latiendo fuertemente, cuando me di cuenta de que me habían pagado por sexo. ¿Qué diría mi madre?”, pensó.

Perdí todo el tiempo que pude antes de regresar a la sala de descanso con las otras chicas. Ellas sonrieron y me preguntaron cómo era mi cliente, si había algún indicio de una mirada cómplice o sugerencia de que algo más que un masaje había sucedido. No sabía dónde mirar y solo traté de actuar de forma natural diciéndoles que estaba bien”, añadió.

¿Qué pasó?

“Al principio me pregunté si él se había aprovechado de que era nueva, pero como me llamaron para atender a otros tres clientes durante ese turno y cada uno me pidió lo mismo al final del masaje, me di cuenta de que definitivamente estaba trabajando en uno de ‘esos’ salones. Al igual que con el primero, hice lo mismo a cada uno ellos. Todos fueron respetuosos y educados y cada uno mantuvo sus manos quietas. Al final del turno, casi vi cierta gallardía en su comportamiento”, comentó.

No quiso montar una escena o avergonzarlo, así que después de dudar por un momento pensó: “Oh, qué diablos, lo hago”

No se traumatizó por lo que había pasado y felizmente recibió el gran sueldo tras acabar el turno. Se dirigió a casa con sus compañeras de piso, quienes se rieron histéricamente cuando les contó sobre su primer día.

¿Vale la pena?

Aunque estaba perfectamente bien después de su extraña inauguración laboral, decidió que el trabajo no era para ella. No sabía qué decirle a su jefa, así que se desapuntó del segundo turno. “Supongo que probablemente no fui la primera en hacer eso porque la encargada no se molestó en llamar para ver dónde estaba”, explicó.

Un par de semanas más tarde consiguió un trabajo como camarera en un restaurante de mariscos donde le pagaban aproximadamente una cuarta parte de lo que el salón de masajes hacía, pero allí se sintió mucho más cómoda.

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