Antes de seguir leyendo, entiendan que a partir de aquí, TODO ES SPÓILERS. “El hoyo representa la fría deshumanización del mundo en el que vivimos”, explica el director Galder Gaztelu-Urrutia en una entrevista con The Digital Spy. “Aunque la película no trata solamente sobre el capitalismo, desde luego que pensamos que debería haber una mejor distribución de la riqueza”.

Es lo que intenta conseguir Goreng (Ivan Massagué), el protagonista de El hoyo, con su defensa de la solidaridad espontánea: si los habitantes de los niveles superiores comieran solo su ración de alimento, habría suficiente cantidad para todos los habitantes del hoyo. Tras comprobar que ese sistema no funciona por iniciativa propia de los prisioneros, en el tercio final de la película Goreng y su compañero Baharat (Emilio Buale) descienden desde el nivel 6 del hoyo hasta el fondo con la intención de racionar la comida. Deciden conservar una panacota sin tocar para que se mantenga como mensaje para la Administración del hoyo una vez que la plataforma suba al terminar el recorrido.

Pero sus cálculos son erróneos y hay muchos más de los 250 niveles que creían. Cuando, malheridos, deshidratados y desnutridos, la plataforma se detiene en el 333, creen que han llegado al final pero lo que allí ven es una niña, la supuesta hija perdida de Miharu (Alexandra Masangkay) que ella buscaba. Le dan de comer la panacota y deciden que ella sea el mensaje que suba hacia la Administración. Baharat termina muriendo y Goreng queda a solas con la niña. Ambos se suben en la plataforma, que desciende hasta el fondo de una sima todavía más profunda, donde Goreng se apea y se queda en compañía de sus alucinaciones mientras la pequeña asciende.

Así las cosas, el final de El hoyo da pie a dos interpretaciones: una optimista y otra pesimista. La optimista consiste en pensar que la niña llega arriba del todo como mensaje simbólico para la Administración; la pesimista, que la propia existencia de la niña es una alucinación del protagonista justo antes de morir. Todo lo que ocurre desde que la ve es una ilusión justo antes de morir agotado en el nivel 333, y lo que sube es la panacota. Hay tres indicios que llevan a decantarse por la interpretación pesimista. La información que aporta Imoguiri (Antonia San Juan): asegura que ella aceptó a Miharu en el hoyo diez meses atrás, que llevaba un ukelele y que no puede entrar nadie menor de 16 años. Lo que se ve en la película: si desconfiamos de las palabras de Imoguiri (al fin y al cabo, se equivocaba en cuanto a la cantidad de niveles del hoyo; ella pensaba que eran 200, al descubrir que son más se suicida), podemos remitirnos a lo que muestra el filme. Una bronca del chef a su equipo de cocina por una panacota con un pelo encima. Aunque la escena aparece mucho antes del final en la narración, cronológicamente se puede ubicar como conclusión. Esa sería la panacota que Goreng y Baharat mandaron de vuelta, solo que el chef piensa que no se ha comido por tener un pelo.

Lo que dice el propio director de El hoyo, Galder Gaztelu-Urrutia. “Para mí, el último nivel no existe. Goreng muere antes de llegar, y lo que vemos es su interpretación de lo que habría hecho”, según el cineasta bilbaíno en la entrevista de The Digital Spy. “Quería que el final estuviera abierto a interpretaciones, como si el plan realmente funciona o si la gente de arriba siquiera se preocupa por los del hoyo”.

“Dejo lo que ocurre a la imaginación de cada uno”, reflexiona el director. No sin antes asegurar que se llegó a filmar un final alternativo muy diferente a su propia interpretación. “Rodamos un final distinto donde se veía cómo la niña llegaba al primer nivel, pero lo quitamos del montaje final”, concluye.